lunes, 5 de diciembre de 2011

Redistribución (impuestos), la revolución del siglo XXI

Sacar a los impuestos del basurero de la historia, debe ser el eje de una izquierda que tenga como objetivo primordial, la reducción de la desigualdad.

No utilizo la palabra revolución a la ligera. Conozco sus alcances y profundidades. Y, sin embargo, no encuentro un concepto más dotado de sentido para definir la batalla contra la desigualdad en el siglo que comenzamos hace una década. El reciente estudio publicado por la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), resulta preocupante: el mundo es mucho más desigual. No se han logrado acortar las distancias entre pobres y ricos, por el contrario, se incrementan velozmente.

Razones para explicar la concentración de riqueza sobran, aunque me gustaría tocar dos fundamentalmente: la instauración del neoliberalismo promotor del desmantelamiento del Estado y, relacionado, la victoria cultural de la igualdad de oportunidades como símbolo de la justicia social en casi todos los países del mundo.

El neoliberalismo comienza su hegemonía a finales de los setentas, tras el debilitamiento del sistema de bienestar en Europa y del modelo de desarrollo interno que fue privilegiado por las naciones en la posguerra. La apertura indiscriminada al comercio exterior, a través de la idea de la eficiencia y la ventaja comparativa, pauperizó a naciones con atrasos tecnológicos y comerciales, dificultando su posibilidad de competir en igualdad de condiciones en el mercado global. Asimismo, la competencia entre naciones del tercer mundo para recibir los beneficios de las inversiones extranjeras, los llevó a desmantelar las redes de protección laboral, privilegiando los esquemas de flexibilización de la mano de obra. La unión de todas esas causas explica la disparidad tan abrumadora que se ha ido gestando entre las ganancias del 1% de la población, como dirían los indignados de Nueva York, y el resto de la población que ha incrementado sus ingresos a ritmos muy lentos.

El tema cultural y su entremezcla institucional, también es fundamental para entender la desigualdad rampante en este mundo globalizado. La libertad ha ganado terreno aceleradamente como uno de los principios irrenunciables en las sociedades, despojando ampliamente a la igualdad como prioridad de las políticas públicas. Así, en términos generales, las sociedades han optado por el principio anglosajón de “la igualdad de oportunidades”, como el eje que más fidedignamente refleja la justicia de ascenso en una sociedad. Las redes amplias de seguridad social universal que protegen a los distintos sectores de la población, son menos atractivos ante los sacrificios de altas tasas fiscales y control centralizado del aparato del Estado. La igualdad de oportunidades, mecanismo que busca nivelar a los desiguales a través de mecanismos muy específicos como la educación, se volvió en la mejor justificación de las desigualdades, una mirada reduccionista y simple, de la complejidad que representa la desigualdad. Se necesita mucho más que la construcción de oportunidades similares para equiparar a los desiguales. El mérito, que como señala Francois Dubet constituye una noción de justicia sumamente debatible, se arraigó no sólo en naciones con esa tradición (Estados Unidos, Australia y, en menor medida, Canadá), sino también en América Latina y en la Europa profunda como Francia o España.

La ausencia del Estado se encuentra detrás de esta explosión en los niveles de desigualdad. El neoliberalismo pregonó durante años, la necesidad de remover al ineficiente y torpe aparato estatal. Sin embargo, la respuesta ha sido más pobreza y desigualdad.

Naciones como México, una de las más desiguales del mundo, ya alcanzaron niveles de creación de riqueza sumamente altos. El Producto Interno Bruto de México es uno de los más grandes y su PIB per cápita no es despreciable. Sin embargo, su proceso de distribución fiscal es regresivo, con privilegios y con huecos que favorecen a los detentadores del gran capital. A pesar de esto, ni siquiera la izquierda se pronuncia por una reforma fiscal profunda y estructural, que le dé viabilidad financiera al país, y que logre reducir los alarmantes niveles de desigualdad.

La única manera de acortar la brecha en un país con tales diferencias, es mediante los impuestos. Pero primero, es fundamental, parafraseando a Tony Judt, “sacar a los impuestos del basurero de la historia”. Los impuestos nunca han sido una alternativa popular para los candidatos y gobernantes; sin embargo, el costo social y político de evitar una reforma fiscal de calado, es altísimo. Los impuestos deben retomar su visión colectivista, su visión igualadora y su fundamento constructivo. No es posible que sigan siendo vistos como fondos a expensas de intereses políticos y con poca certidumbre de su eficiente aplicación.

Así, atrás de los impuestos, existen batallas culturales, políticas, electorales y discursivas. Por ello, los impuestos y, por ende la redistribución, deben ser el eje de la revolución del siglo XXI.

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