martes, 25 de octubre de 2011

¿Hay que temer el regreso del PRI?

Leer la entrevista que Enrique Peña Nieto concedió al Financial Times, es una divertida forma de apreciar el ingenio típicamente priista de articular puntos comunes sin arriesgar planteamientos serios de Gobierno. Con ignorancia rampante en temas de política energética, el ala neoliberal que busca privatizar un sector de Petróleos Mexicanos (Pemex), ha manoseado reiteradamente el caso de Petrobras, la paraestatal brasileña de petróleo, como el ejemplo exitoso y el ejemplo a seguir. Peña Nieto no se distancia de la postura del establishment privatizador, al señalar que “tenemos que encontrar una forma de permitir que el petróleo siga siendo propiedad de la nación, pero que también participe la iniciativa privada”. Por supuesto, que no dice cómo, ni tampoco habla de proporciones de participación, que es el verdadero debate; en Pemex siempre ha habido participaciones privadas, a través de los famosos Piderigas o a través del esquema de contrato incentivado, que introdujo la reforma energética de 2008. De la misma forma en que se omite señalar la apertura que existe en el sector, tampoco habla del creciente proceso de nacionalización que ha vivido la industria energética brasileña desde el hallazgo de los yacimientos petroleros en el Tupí, al norte de Brasil. El Gobierno de “Lula” Da Silva no fue símbolo de apertura en el sector energético, como su antecesor Fernando Henrique Cardoso, sino, por el contrario, favoreció la participación estatal.
En seguridad, el precandidato priista nunca ha sido transparente con sus proyectos. Habla de un “Estado eficaz”, que en voz de Peña Nieto y la gente que lo rodea (Arturo Montiel, Alfredo del Mazo, Humberto Moreira, Miguel Ángel Osorio Chong, Emilio Chuayffet y Humberto Moreira), suena a regresionismo, a repliegue de los avances en términos de estado de derecho y a la profundización de un estado policial, sin salidas educativas o de desarrollo económico. De la misma manera, en la propia entrevista con el diario inglés, el ex gobernador del Estado de México se aleja de la tesis de pactar con el narcotráfico, a través de ambigüedades y nulas alternativas. ¿Cómo se puede ser más eficaz? ¿Tendremos que poner el énfasis en la inteligencia y el ataque financiero a los cárteles? ¿El primer objetivo es detener la violencia o contener la ruta de trasiego de drogas? Al ser el tema puntal de la campaña, el silencio parece ser el mejor aliado de Peña Nieto. Con 30 puntos de ventaja, ¿qué incentivo existe para subirse al ring y debatir con anticipación?
En materia hacendaria, las ambigüedades son más marcadas. Como expuso en el Foro Cumbre de Negocios, su objetivo es “simplificar para recaudar más”. Dudo que alguno de los precandidatos presidenciales quiera “complicar para recaudar menos”. Su partido, a través de la bancada priista en el Congreso (la cual tiene mayoría de diputados afines a Peña Nieto), ya expresó su oposición a lo que le llaman “gasolinazo”, el aumento del precio de la gasolina. Una medida progresiva, que ataca una de las inequidades básicas del sector energético. El subsidio debe ser sectorial, no generalizado; subsidiar la gasolina a los más ricos del país, es una irresponsabilidad fiscal. De la misma manera, Francisco Rojas, coordinador de la fracción parlamentaria tricolor y político vinculado al grupo Atlacomulco, de donde surge Peña Nieto, ha dinamitado cualquier opción de recaudación indirecta, aludiendo que la defensa de la economía popular está inscrita en los fundamentos y principios del Partido Revolucionario Institucional. ¿Cómo creer que Peña Nieto impulsará una reforma fiscal de gran calado ante esta multiplicidad de evidencias que señalan, por el contrario, una clara vinculación a los principios de la demagogia fiscal?
En materia de reforma política, los planteamientos del precandidato priista mejor posicionado en las encuestas, son escalofriantes y autoritarios. Diputados afines a su candidatura, ya enterraron la reelección consecutiva de legisladores. La idea de que el Congreso no responda enteramente a sus designios en el siguiente periodo legislativo, le resta poder de negociación y obediencia política. Peña Nieto quiere un Legislativo a la vieja usanza, dependiente de los designios presidenciales. De la misma manera, su reiterada posición a favor de encontrar un mecanismo de arquitectura constitucional que permita crear mayorías artificiales, a través de la cláusula de gobernabilidad o mediante la reducción de diputados plurinominales, queda claro su insatisfacción con la pluralidad y la representatividad democráticas. Como no podemos llegar a acuerdos, mejor volvamos a las mayorías indebatibles, a los consensos ejecutados desde la Presidencia.
El regreso del Partido Revolucionario Institucional, en sí mismo, no constituye una regresión democrática. En mi opinión, el PRI no carga con una maldición histórica vinculada al autoritarismo y a la centralización de poder. En el tricolor, existen cuadros con propuestas innovadoras y con una clara adherencia a la pluralidad como la única forma sustentable de transformar al país. Sin embargo, en el caso de Enrique Peña Nieto, la ambigüedad y sus rasgos autoritarios sí deben ser analizados a profundidad, ya que la eficacia no debe ser obtenida cueste lo que cueste, la representación y la pluralidad son valores a resguardar, herencias de la transición democrática que nutren de legitimidad los procesos políticos en un país sumamente diverso.
De la misma manera, la inclinación peñanietista por endulzar los oídos de los escenarios en los que se presenta, sacrificando la sustancia y el debate informado, es preocupante. Ante la prensa inglesa, partidaria de la privatización energética, reclama un esquema de participación privada en el sector petrolero; ante los hombres de negocios pide una reforma fiscal comprensiva y que “recaude más”; ante las televisoras y las estaciones de radio, ataca a la reforma política que le dio al país avances muy importantes en términos de equidad electoral y pugna por echarla abajo. No hay consistencia ideológica en Peña Nieto, existen meros anhelos de poder.
Para concluir, la gente que rodea a Peña Nieto es, simplemente, el PRI de siempre. La narrativa de eficacia, que se aprovecha de un estado de ánimo nacional de desesperación ante la falta de acuerdos y parálisis entre los poderes, no debe ser la justificación para restaurar la “Presidencia Imperial” que se erige como amo y señor de su partido, del Legislativo y de Los Pinos. Las experiencias de los gobierno estatales, no todos del tricolor aunque sí en su mayoría, que han acumulado y centralizado niveles altísimos de poder es una prueba fehaciente, que dicha acumulación, es nociva para las instituciones políticas y ciudadanas. En estos estados, la falta de transparencia, la nula rendición de cuentas, la carencia de autonomía de los organismos ciudadanos y un manejo irresponsable de las finanzas públicas, han significado un retroceso institucional que pone en riesgo la calidad de la democracia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario