miércoles, 18 de mayo de 2011

La izquierda aún respira

Los partidos que abanderan la “agenda progresista” en México han hecho de todo para derrumbarse con cara a las elecciones presidenciales de 2012. Por un lado, han reivindicado una memoria histórica tendiente al conflicto perpetuo y a la alarma de ruptura permanente. Por el otro lado, han construido estrategias electorales cuando menos “polémicas”, con alianzas con la derecha y han olvidado casi esencialmente los puntos que deben distinguir a una agrupación de izquierda partidaria. Sin embargo, las encuestas mantienen a la izquierda en una intención de voto que no baja de 15% y que supera los 25 puntos porcentuales en algunos escenarios. ¿Qué significa esta perdurabilidad de la izquierda? ¿Es su voto duro histórico? ¿O tal vez un incipiente nivel de aceptación electoral que con un proceso de selección de candidato presidencial legítimo y la unión de las fuerzas de la izquierda a escala nacional puede traer dividendos en 2012?
Creo que cada una de las interpretaciones posee argumentos lo suficientemente sólidos para reclamarse como explicación única. A pesar de esto, me gustaría enfatizar tres aspectos que juzgo fundamentales: la desigualdad y la pobreza, por un lado, la agenda metropolitana de la Ciudad de México y la importancia de la unión política para los militantes de la izquierda. Estos no pretenden ser los únicos factores para desarrollar una respuesta contundente, pero pueden abrir la discusión ampliamente.
Dejando de lado a aquellos que consideran que México es ya un país de clases medias debido a su extendido uso de piso ausente de suelo o a su posibilidad de tener acceso a energía eléctrica, lo cierto es que en México, cuatro de cada diez habitantes son presa de alguna pobreza dentro de las distintas variantes que van desde las carencias estructurales hasta la pobreza absoluta. Asimismo, el debilitamiento de las estructuras de seguridad social a nivel nacional, atentan contra cualquier concepción mínima de clase media. La astucia clasemediera de los pisos mínimos esbozada por intelectuales como Jorge Castañeda, Luis de La Calle o Luís Rubio, son simples estrategias políticas que carecen de validación empírica. Así, pese a quien le pese, la desigualdad, y no sólo la pobreza, continúa siendo el primer imperativo nacional a resolver, la desigualdad acrecentada debido a una estructura fiscal regresiva y vulnerada por intereses, tiene que ser el centro programático de cualquier futuro inquilino de Los Pinos. En este campo, la izquierda tiene que construir su discurso y narrativa, un eje comunicativo fundamentado en el abatimiento de privilegios fiscales sectoriales y una apuesta agresiva por un proceso de industrialización interna que deje atrás el burocratismo y la ineficiencia gubernamental. Sólo la izquierda puede proponer una salida a este callejón que asimila a un perro queriendo morderse la cola.
Como segundo punto, considero que la agenda metropolitana liderada por Marcelo Ebrard en la Ciudad de México, es prueba que la izquierda ha volteado a ver a las nuevas reivindicaciones de la izquierda posmoderna que hace de la sustentabilidad y la ampliación de los derechos, ejes programáticos. El fundamentalismo economicista de la izquierda ha desparecido, tal vez no desde Andrés Manuel López Obrador, pero claramente en la gestión de Marcelo Ebrard. La despenalización de la interrupción del embarazo es una de las hazañas más importantes que ha logrado la izquierda; no sólo en términos de libertad de decisión en manos de las madres, sino en igualdad ante la ley. El reconocimiento de la legalidad de los matrimonios homosexuales es también una conquista en un país en que la cultura política y social reproduce discriminaciones mediante conceptos trasnochados y una ruptura con una tradición naturalista que avalaba constantemente el status quo. Asimismo, el encarecimiento del agua es una propuesta de cobro sumamente progresiva que comienza un lento camino hacia la valoración del vital líquido. Otro camino hacia niveles más aceptables de desigualdad. Sin embargo, la existencia de más de cien lunares de pobreza en la Ciudad de México que conviven codo a codo con residenciales majestuosos, es otra labor que el Gobierno de la Ciudad tendría que atacar con mayor vehemencia.
La importancia de converger los ideales de los partidos políticos, la dirigencia y los movimientos sociales que corren en paralelo en algunas ocasiones y que divergen claramente en otras ocasiones, es fundamental para constituir a la izquierda en una opción política factible. La fotografía de Andrés Manuel, Marcelo Ebrard y Cuauhtémoc Cárdenas es el esbozo de un posible acuerdo que aglutina distintos modelos de izquierda y que plantea la unión de liderazgos que han sido claves en los avances democráticos nacionales y que no en pocas ocasiones, también se han convertido en obstáculos para ésta. La visión centrada en la rentabilidad electoral como la variable única para la izquierda debe ser puesta de lado. Los “Chuchos” han sido capaces de aceptar cualquier estrategia electoral por el simple hecho de conquistar territorios: el pragmatismo no puede ser la salida a la crisis de las fuerzas progresistas desde 2006. La integración de un proyecto sólido que tenga en la igualdad su componente central es la única salida viable a una situación tan apremiante.
La mediatización detrás de la campaña de Enrique Peña Nieto sólo se combate con alternativas reales. La valentía para proponer un modelo de combate a la inseguridad que no caiga en la vieja pax narca priista o en el militarismo calderonista, es un imperativo ineludible de la izquierda. La construcción de ciudadanía, de un Estado fuerte capaz generar instituciones participativas que no profundicen el monopolio político de los partidos y un programa que reconstruya los tejidos de la seguridad social, son básicos para orientar una salida a la crisis de seguridad del país.
La valentía para consolidar un sistema fiscal sustentable es otro de los caminos que debe seguir la izquierda. Incorporar una narrativa que identifique en los impuestos la estrategia redistributiva por excelencia, tiene que dejar atrás las cómodas posiciones que ha tomado la izquierda en este tema, supuestamente en la defensa de la “economía popular”.
Esto y más, es la única estrategia que puede dotar de solidez a una izquierda que carece de rumbo y se hunde en los ataques recíprocos y la ausencia de una guía programática.