miércoles, 23 de marzo de 2011

Nunca se debatió la izquierda

No es cierto que los “Chuchos” sean los moderados y los lopezobradoristas sean los rudos. Tampoco es verdadero que el grupo que controla la dirigencia del Partido de la Revolución Democrática (PRD) busque la implementación de una agenda socialdemócrata que, para muchos, resulta indispensable para levantar a una izquierda alicaída sin capacidad de proponer mecanismos de convivencia nacional viables. Y mucho menos es cierto que la discusión en el seno del Sol Azteca gire en torno al dilema de revolución o reforma, la primera defendida por los seguidores de Andrés Manuel y la segunda en manos de los “Chuchos”.

Entonces, detrás de las disputas por la elección de la dirigencia, por la estrategia de las alianzas con Acción Nacional en el Estado de México o en otras entidades, de la colaboración con Felipe Calderón y de la designación del abanderado perredista a la izquierda, ¿Qué se discute? ¿Existe un debate acerca de los principios que debe defender la izquierda del siglo XXI? ¿Podemos contar con una reflexión de cómo entender el Estado, el Mercado y el Capitalismo en su conjunto? ¿Existe alguna línea de debate que introduzca la relación con la sociedad y el agotamiento del actual modelo de partido? ¿Cuál debe ser el posicionamiento de México a nivel global y cómo alcanzarlo? Definitivamente no.

Es importante resaltar que los diferendos que han tenido las llamadas “izquierdas” son asuntos ligados al pragmatismo electoral y a la lógica de mantenimiento de territorios dominados, que a cualquiera de los temas de fondo antes enumerados. Quitando la parte que concierne al nivel de relación que debe tener el PRD con el Presidente de la República, tomando en cuenta el aludido fraude de los comicios de 2006, que pone de frente dos posturas, en términos legales y éticos, aunque con fines igualmente electoreros; en las otras diferencias, es difícil rastrear que el debate esté construyendo o abonando a favor de una determinada visión de la izquierda o de una reconceptualización de la misma.

El tema de reforma o revolución que dividió a los partidos comunistas en el siglo XX, y que fue definida a favor de los moderados o reformistas, no es un dilema que corra por los pasillos de la agrupación política de izquierda más importante del país. Es cierto que existen sectores al interior del partido que se han presentado claramente antisistémicos y contrainstitucionales. Sin embargo, la mayoría de los miembros del Partido poseen un claro apego a la defensa de la constitución (status quo legal) y los supuestamente más cargados a la izquierda que han pedido una “transformación radical” del país, basan su propuesta programática en fundamentos que están tipificados legal y filosóficamente en la Carta Magna aprobada en 1917. Citando a Esteban Garaiz, “la izquierda no tiene otro proyecto que la defensa y el cumplimiento de la Constitución”. Ante esto, no queda duda que la izquierda ya ha tomado el camino de la reforma por encima de cualquier intento de revertir completamente el orden establecido.

En el debate que también atrapó a la izquierda mundial hace algunas décadas, Estado o Mercado; el PRD ha generado ciertos consensos, entre ellos que ambas pistas son fundamentales para el desarrollo nacional. Por ello, el dilema no está en la elección dicotómica de alguna de las vías exclusivamente, simplemente en decidir cuánto Estado y Cuánto Mercado es necesario en México. Sin embargo, dicha discusión no es fácilmente rastreable en el seno perredista; la posición del partido en relación a los impuestos y a su papel redistributivo, la educación pública y los sistemas de salud, la necesidad de fortalecer a la micro, pequeña y mediana empresas y los servicios, son ejemplos de que dicho debate que concierne a los niveles apropiadas a cada esfera, queda en manos de decisiones pragmáticas ligadas a la coyuntura de Gobiernos locales, estatales y nacionales, dejando de lado la adhesión a un proyecto en particular. Una administración perredista puede abrir la inversión privada en el agua, por ejemplo, en Baja California Sur y puede de la misma manera centralizar en el Estado la misión como en Michoacán.

En materia de política exterior, los perredistas no han sabido ser un real contrapeso a la doctrina exógena de Calderón, dedicándose únicamente a llamarla servil, agachada o violatoria de la soberanía nacional. Intuitivamente, más que con conocimientos que respalden, podríamos pensar que los “Chuchos” serían más proclives a una agenda neoliberal y el seguimiento de las estructuras de relacionamiento exterior que se han implantado desde los ochentas y los Lópezobradoristas, por el contrario, privilegiarían una agenda latinoamericana más diversificada. Sin embargo, ni los “Chuchos” ni los seguidores de Andrés Manuel se han unido a este supuesto; en el proyecto alternativo de nación del “Peje” no encontramos deslindes claros de la política exterior panista, excluyendo cuestiones como el Tratado de Libre Comercio (TLCAN) que, al tener un impacto interno, han sido manejados más con objetivos domésticos que con criterios externos. Por otro lado, los “Chuchos” sí han criticado la univocidad que ha demostrado la política exterior de México, sobre todo en su relación con los Estados Unidos. Para poner un ejemplo, Marcelo Ebrard, que aunque se formó en el Lópezobradorismo ha tenido acercamientos con la otra ala del PRD, se ha conducido a través de una diplomacia ligada a los grandes temas globales que resultan legítimos, cambio climático entre ellos, y ha tenido acercamientos importantes con las delegaciones de los Estados Unidos y hasta viajó a Washington hace no mucho tiempo. Este debate tampoco se encuentra en el seno del PRD.

Para concluir, debajo de la estructura que compone a estas dos partes del perredismo subyace un debate filosófico sumamente importante, aunque por desgracia, está ausente completamente. La institucionalidad que defienden los “Chuchos” con un partido fuerte, mecanismos legales codificados claramente, consejos resolutivos que institucionalicen los disensos y, sobre todo, la estructura de voto más eficaz, tiene más que ver con su posición en el partido que con una visión de renovación que expulse la figura del mesías política, tan clásica de la izquierda mexicana. Por el otro lado, el impulso del “Peje” a la posibilidad de llevar una pista de involucramiento social que despartidice el movimiento que él encabeza, es también una táctica dirigida a la oportunidad de utilizar los medios de tres partidos de izquierda y el presupuesto generado a través de un movimiento desconcentrado de este tipo, que a una reivindicación de la sociedad en la arena política. Qué estructura debe tener una agrupación de izquierda como el PRD, no es una cuestión discutida en el partido.

En conclusión, creo que no es difícil afirmar que la izquierda vive momentos de crisis aguda, mucho más en principios que en rentabilidad electoral. La incapacidad de conjuntar ejes programáticos que sean capaces de unir a los polos partidistas puede traer consigo consecuencias tan graves como la pérdida de la Capital de la República o el desplome de los índices de votación en las elecciones presidenciales. Sin embargo, peor que el escenario antes planteado sería dejar de lado los debates que han estado desatendidos durante años y que tienen a la izquierda en la orfandad de un verdadero proyecto de reforma nacional que posea viabilidad y que se erija como una alternativa real a los problemas más apremiantes que vive el país.

Seguimos la siguiente semana con el dilema de las alianzas con el PAN.