viernes, 15 de octubre de 2010

El pragmatismo del “Nuevo PRI”

En su libro un mundo sin sentido, el teórico francés Zaki Laidi aseveraba con vehmencia que la búsqueda de sentido, ante la caída abrupta de las certidumbres de la modernidad y la incapacidad posmoderna para recrear horizontes, tendría que alejarse de las tentaciones simples del realismo, el empirismo y el pragmatismo. Con esto, el autor condenaba las puertas cortoplacistas del énfasis eficientista de la esfera política, dejando en claro que la construcción de un imaginario global de sentido no podría escapar de una necesaria reconceptualización filosófica que exceda las limitaciones de la modernidad y trascienda las vaguedades del pensamiento posmoderno.
Sin embargo, en México la política abandona su trazo civilizacional, su opción de creación de horizontes anhelables; para dar paso a la recompensa generada a través de la confusión, la indefinición y la parálisis. El sistema político premia e incentiva el aplazamiento de las reformas vitales para el Estado, la vaguedad ideológica en temas polarizantes como el aborto o la adopción homsexual, en la extensión fiscal universal, en la reforma al sector energético y en la adaptación de los mandos policiales a los desafíos que supone el narcotráfico y el empoderamiento constante del crimen organizado.
El ejemplo más ilustrativo es el nuevo Partido Revolucionario Institucional (PRI), una estructura política difusa, indefinida y calculadora; un manto descentralizado de liderazgos pragmáticos que viven y respiran del mantenimiento del poder. La estrategia tricolor se ha materializado en un ente amorfo que no cree en nada, adaptable a circunstancias cambiables y dispuesto a negociar lo que sea necesario.
A diez años de perder la silla presidencial, el PRI ha agudizado las carecterísticas que marcaron su identidad. Su estructura se compone de liderazgos regionales asemejables a los viejos caudillos del Partido Nacional Revolucionario (PNR) que controlan con base en estrategias caciquiles amplios distritos políticos y dominan las estructuras electorales locales apoyados en derroches presupuestales sin precedentes. Una dirigencia nacional que abandona su lógica de reconstrucción partidista para entregarse a la presión incontenible de los poderes inmanentes del pasado. Confirma la vigencia del corporativismo y el alineamiento vertical, una mezcla esencial entre los sindicatos sectoriales de su fundación en combinación funesta con tejidos económico-financieros. La del PRI es la imagen del eterno equilibrista que fluye sin solidez entre las estructuras todavía firmes del pasado y que incorpora un nuevo vaciamiento político, el realismo de la política mediática, de la sociedad del espectáculo.
Como señala el recientemente galardonado Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, la civilización del espectáculo es el reflejo identitario más claro de la frivolidad de la política. Así, la política peñanietista es la recreación telenovelesca del status quo y los valores conservadores del México contemporáneo. El entronamiento de la familia como fundamento del orden social aplastando la emergencia de actores sociales que claman por la pluralidad; la degradación constante del Estado Laico mexicano ante los cálculos electorales y el pragmatismo rentista; el exaltamiento de la majestuosidad como arma política, la administración de las “grandezas nacionales” revividas en eventos patrioteros.
El peñanietismo no es más que el ocaso de los proyectos nacionales, es la institucionalización de la parálisis con una máscara de cambio y renovación. Y es que, ¿Cuál es el gran sustento filosófico de Peña Nieto? Es decir, ¿Cuáles son los resortes estructurales que fundamentan el sentido en la lógica peñanietista? El peñanietismo no es más que incertidumbres, indecisiones, conservadurismo y parálisis.
Se puede estar a favor o en contra, pero presidentes como Juan Manuel Santos, Hugo Chávez o Nicolás Sarkozy detentan sólidos argumentos de dirección, materializan más que simples imágenes articuladas que generan falsas confianzas y gobernabilidades absurdas.
Detrás de este PRI renovado que expande su personalidad política a generaciones encabezadas por Rodrigo Medina en Nuevo León o Aristóteles Sándoval en Guadalajara; se levanta una espesa niebla autoritaria capaz de atropellos en pos del poder. Ya sea utilizar la fuerza parlamentaria para vetar alianzas que pongan en riesgo el camino a la Presidencia de la República o esquivar el debate para aprobar endeudamientos fast track , aplastar el pluralismo es fundamental para evitar las externalidades del arte de gobernar.